viernes, 25 de octubre de 2013

Jugando a las huelgas


    Ya iba tocando. Últimamente, vamos a huelga estudiantil por año. Y no sólo ya un día de huelga, no: los sindicatos minoritarios, nacionalistas, anarquistas, incluso algunos de la ultraderecha que se apuntan al bombardeo han organizado sus propias jornadas de movilización, como les gusta llamarlas en el ámbito revolucionario, unos días antes de la huelga promovida por los sindicatos mayoritarios, secundadas por trabajadores de la enseñanza y alumnos.

  Movilizarse se han movilizado pocos, y como casi siempre, los que se han movilizado han acabado corriendo para dejar paso a los antisistema de turno que se ponen como motos viendo arder contenedores, una filia que nunca he terminado bien de entender. Creo que son infiltrados de las agencias tributarias municipales para poder encarecer las tasas de recogida de basuras después de cada huelga, celebración futbolística o la excusa que quieran buscarse los pirómanos del contáiner.
  
 La mayoría del alumnado lo que ha hecho es quedarse en casa, y los pocos que han ido a clase, que no al trabajo, sino a ejercer un derecho que, en el mejor de los casos, no les cuesta dinero ni tampoco lo ganan, se han encontrado con algún que otro piquete en la puerta de los institutos. Incluso ha habido piquetes en las puertas de colegios de primaria, increpando, incomprensiblemente, a padres de niños de menos de diez años que dejaban a sus hijos en clase, porque la educación es un derecho por el que la clase trabajadora ha luchado durante muchísimo tempo. Una educación pública y gratuita que dicen defender quienes ayer se empeñaron en no dejar pasar a niños a sus colegios.

 Absurdo, realmente. Uno que ha sido sindicalista estudiantil, que estuvo metido en todo el fregao cuando se impuso la LOU; que pertenece a la generación cobaya, a la que le metieron los experimentos de la LOGSE, la dicha LOU, Bolonia...; a la que en los albores de la crisis se despreció con aquél apelativo indignante de “generación ni-ni” (¿cómo ibamos a estudiar con ese sistema de mediocridad institucionalizada ni a trabajar sin la preparación adecuada y con cada vez menos puestos de trabajo en las empresas?) sólo le queda preguntarse: ¿Sirve de algo una huelga de estudiantes? De hecho: ¿tienen los estudiantes derecho moral a la huelga?

 Vayamos al origen del ejercicio de la huelga. Que los trabajadores dejen un día de acudir a sus puestos de trabajo significa una pérdida de producción que se traduce en reducción de las plusvalías de las que se lucra la patronal. Ésto es de primero de iniciación a la economía, o de sentido común. Lo que a mí no me figura en mi libro de texto, ni de economía de primero de bachillerato, ni de ética, filosofía, ciudadanía ni sentido común, es que desgaste hace para el sistema educativo el hecho de que los estudiantes dejen de acudir a las aulas un día lectivo. Empecemos por comprender que cada estudiante le cuesta dinero a la administración, como es lógico. En lugar de cobrar, los estudiantes de instituto pagan, una cantidad ridícula, como es el seguro escolar, pero la pagan. Quienes han comprado libros y material se lo dejan en casa sin darle uso, con lo cual están haciendo el sinsentido más absoluto del principio del consumismo capitalista: gastarse un dinero en algo para después no utilizarlo, aunque sea un sólo día. Ahí van con sus banderas, pancartas, consignas y pintas anticapitalistas, pero le hacen el juego a las editoriales y las marcas de mochilas de última moda, porque un estudiante guay no lleva una mochila que no se lleve.
Así pues, la Educación es un Derecho, no una Obligación. Se llenan la boca diciéndolo, pero actúan de manera contraria. 

 Cuando yo estaba en el instituto y se organizó una de aquellas huelgas estudiantiles a nivel estatal, yo fui de los que dudé sobre la utilidad de una huelga de estudiantes. Movilización sí, por supuesto, más aún cuando se trata de defender uno de los pilares de una sociedad, como es la educación, porque con los motivos estoy casi completamente de acuerdo con los convocantes de ésta huelga, pero no movilización haciéndose pasar por obreros. Exigimos que no se recorten las inversiones, que no gastos, en Educación, pero lo hacemos favoreciendo que durante varios días los colegios e institutos de toda España estén pagando luz, calefacción allí donde Octubre ya es tiempo de poner estufa, sueldos de profesores de guardia leyendo periódicos y navegando por internet mientras da la hora de irse, de conserjes y limpiadoras... No nos hemos puesto a pensar en lo que le cuesta al Ministerio y las correspondientes Consejerías de Educación un día de huelga, un día en que, realmente, eso se convertirá en gastos, no en inversiones, porque los cuatro niños que van a la clase ese día no avanzan en sus materias, simplemente pasan el rato, por lo tanto, no aprovechan el día de clase. Dinero tirado.

 Un sistema de educación público, accesible, de calidad, con garantías para todo el alumnado, que ponga la tilde en la integración laboral plena de las generaciones actuales y venideras no es sólo una aspiración, es un derecho, como también es una obligación moral movilizarse para defenderlo. Lo que no tiene sentido es decir defenderlo y después desaprovecharlo. En los últimos dos años, solamente, se han convocado cinco días de huelgas estudiantiles. Esto significa una semana con los colegios abiertos pero vacíos. ¿Saben, por ejemplo, los convocantes de las huelgas que los colegios en los que hay comedor están obligados a hacer comida para los mismos niños que un día normal? ¿Qué tiene de solidario hacer desembolsar ese gasto a la administración en electricidad, personal, comida, que después vaya usted a saber a dónde va (a la basura, supongo, porque si se la llevan a un comedor de monjas, encima los perroflautas éstos dirán que se está rompiendo con la separación iglesia-estado, pero que yo sepa comedores sociales del estado no hay) y medios?

 Todo esto por no hablar de la propia LOCE en sí, de la que puede que me explaye la semana que viene, porque al menos, algo bueno tienen las movilizaciones, y es que harán que algo se retoque en ella, eso espero. De momento, me sorprende que se coreen consignas contra los recortes y se “enmiende a la totalidad” un ordenamiento legislativo que puede solucionar algunos de los desaguisados de la catastrófica LOGSE, como por ejemplo la introducción de itinerarios tempranos. Me he llevado años defendiendo que un niño con 12 años sabe ya, al menos, si le gustan más las ciencias o las letras, y es un buen primer paso para evitar el abandono prematuro de los estudios, lo que también servirá para crear profesionales vocacionales, no circunstanciales, con todo el rédito social y económico que eso significa. En definitiva, convertir la educación en un sector de inversiones, no de gastos, como los colegios abiertos y encendidos para cuatro niños jugando con plastilina mientras los niñatos de instituto juegan a los sindicalistas.

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