Ya iba tocando. Últimamente, vamos a
huelga estudiantil por año. Y no sólo ya un día de huelga, no: los
sindicatos minoritarios, nacionalistas, anarquistas, incluso algunos
de la ultraderecha que se apuntan al bombardeo han organizado sus
propias jornadas de movilización, como les gusta llamarlas en el
ámbito revolucionario, unos días antes de la huelga promovida por
los sindicatos mayoritarios, secundadas por trabajadores de la
enseñanza y alumnos.
Movilizarse se han movilizado pocos, y
como casi siempre, los que se han movilizado han acabado corriendo
para dejar paso a los antisistema de turno que se ponen como motos
viendo arder contenedores, una filia que nunca he terminado bien de
entender. Creo que son infiltrados de las agencias tributarias
municipales para poder encarecer las tasas de recogida de basuras
después de cada huelga, celebración futbolística o la excusa que
quieran buscarse los pirómanos del contáiner.
La mayoría del alumnado lo que ha
hecho es quedarse en casa, y los pocos que han ido a clase, que no al
trabajo, sino a ejercer un derecho que, en el mejor de los casos, no
les cuesta dinero ni tampoco lo ganan, se han encontrado con algún
que otro piquete en la puerta de los institutos. Incluso ha habido
piquetes en las puertas de colegios de primaria, increpando,
incomprensiblemente, a padres de niños de menos de diez años que
dejaban a sus hijos en clase, porque la educación es un derecho por
el que la clase trabajadora ha luchado durante muchísimo tempo. Una
educación pública y gratuita que dicen defender quienes ayer se
empeñaron en no dejar pasar a niños a sus colegios.
Absurdo, realmente. Uno que ha sido
sindicalista estudiantil, que estuvo metido en todo el fregao cuando
se impuso la LOU; que pertenece a la generación cobaya, a la que le
metieron los experimentos de la LOGSE, la dicha LOU, Bolonia...; a la
que en los albores de la crisis se despreció con aquél apelativo
indignante de “generación ni-ni” (¿cómo ibamos a estudiar con
ese sistema de mediocridad institucionalizada ni a trabajar sin la
preparación adecuada y con cada vez menos puestos de trabajo en las
empresas?) sólo le queda preguntarse: ¿Sirve de algo una huelga de
estudiantes? De hecho: ¿tienen los estudiantes derecho moral a la
huelga?
Vayamos al origen del ejercicio de la
huelga. Que los trabajadores dejen un día de acudir a sus puestos de
trabajo significa una pérdida de producción que se traduce en
reducción de las plusvalías de las que se lucra la patronal. Ésto
es de primero de iniciación a la economía, o de sentido común. Lo
que a mí no me figura en mi libro de texto, ni de economía de
primero de bachillerato, ni de ética, filosofía, ciudadanía ni
sentido común, es que desgaste hace para el sistema educativo el
hecho de que los estudiantes dejen de acudir a las aulas un día
lectivo. Empecemos por comprender que cada estudiante le cuesta
dinero a la administración, como es lógico. En lugar de cobrar, los
estudiantes de instituto pagan, una cantidad ridícula, como es el
seguro escolar, pero la pagan. Quienes han comprado libros y material
se lo dejan en casa sin darle uso, con lo cual están haciendo el
sinsentido más absoluto del principio del consumismo capitalista:
gastarse un dinero en algo para después no utilizarlo, aunque sea un
sólo día. Ahí van con sus banderas, pancartas, consignas y pintas
anticapitalistas, pero le hacen el juego a las editoriales y las
marcas de mochilas de última moda, porque un estudiante guay no
lleva una mochila que no se lleve.
Así pues, la Educación es un
Derecho, no una Obligación. Se llenan la boca diciéndolo, pero
actúan de manera contraria.
Cuando yo estaba en el instituto y se
organizó una de aquellas huelgas estudiantiles a nivel estatal, yo
fui de los que dudé sobre la utilidad de una huelga de estudiantes.
Movilización sí, por supuesto, más aún cuando se trata de
defender uno de los pilares de una sociedad, como es la educación,
porque con los motivos estoy casi completamente de acuerdo con los
convocantes de ésta huelga, pero no movilización haciéndose pasar
por obreros. Exigimos que no se recorten las inversiones, que no
gastos, en Educación, pero lo hacemos favoreciendo que durante
varios días los colegios e institutos de toda España estén pagando
luz, calefacción allí donde Octubre ya es tiempo de poner estufa,
sueldos de profesores de guardia leyendo periódicos y navegando por
internet mientras da la hora de irse, de conserjes y limpiadoras...
No nos hemos puesto a pensar en lo que le cuesta al Ministerio y las
correspondientes Consejerías de Educación un día de huelga, un día
en que, realmente, eso se convertirá en gastos, no en inversiones,
porque los cuatro niños que van a la clase ese día no avanzan en
sus materias, simplemente pasan el rato, por lo tanto, no aprovechan
el día de clase. Dinero tirado.
Un sistema de educación público,
accesible, de calidad, con garantías para todo el alumnado, que
ponga la tilde en la integración laboral plena de las generaciones
actuales y venideras no es sólo una aspiración, es un derecho, como
también es una obligación moral movilizarse para defenderlo. Lo que
no tiene sentido es decir defenderlo y después desaprovecharlo. En
los últimos dos años, solamente, se han convocado cinco días de
huelgas estudiantiles. Esto significa una semana con los colegios
abiertos pero vacíos. ¿Saben, por ejemplo, los convocantes de las
huelgas que los colegios en los que hay comedor están obligados a
hacer comida para los mismos niños que un día normal? ¿Qué tiene
de solidario hacer desembolsar ese gasto a la administración en
electricidad, personal, comida, que después vaya usted a saber a
dónde va (a la basura, supongo, porque si se la llevan a un comedor
de monjas, encima los perroflautas éstos dirán que se está
rompiendo con la separación iglesia-estado, pero que yo sepa
comedores sociales del estado no hay) y medios?
Todo esto por no hablar de la propia
LOCE en sí, de la que puede que me explaye la semana que viene,
porque al menos, algo bueno tienen las movilizaciones, y es que harán
que algo se retoque en ella, eso espero. De momento, me sorprende que
se coreen consignas contra los recortes y se “enmiende a la
totalidad” un ordenamiento legislativo que puede solucionar algunos
de los desaguisados de la catastrófica LOGSE, como por ejemplo la
introducción de itinerarios tempranos. Me he llevado años
defendiendo que un niño con 12 años sabe ya, al menos, si le gustan
más las ciencias o las letras, y es un buen primer paso para evitar
el abandono prematuro de los estudios, lo que también servirá para
crear profesionales vocacionales, no circunstanciales, con todo el
rédito social y económico que eso significa. En definitiva,
convertir la educación en un sector de inversiones, no de gastos,
como los colegios abiertos y encendidos para cuatro niños jugando
con plastilina mientras los niñatos de instituto juegan a los
sindicalistas.
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