sábado, 26 de octubre de 2013

Ni olvido, ni perdón... ni Talión

 Mañana Madrid volverá a acoger una manifestación movida por el rechazo al terrorismo. Parecen en blanco y negro, borrosas en la memoria, las imágenes de las mareas de manos blancas y lazos azules que recorrieran las calles de las Españas gritando Basta Ya, queremos Paz, la necesitamos, es nuestro derecho.

 Mañana, será el Derecho el que haga que, de nuevo, salga a la calle seguramente una multitud de personas de bien, de ciudadanos pacíficos, exigiendo que los jueces no se ajusten a Derecho. Es así, y no otra cosa, la petición de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, mayoritaria entre las existentes, pero no la única, entre quienes han sufrido los horrores de la persecución, la extorsión, el escarnio y el hostigamiento contínuo de los terroristas y sus adláteres.

 Derecho inalienable de las víctimas y sus familiares es que sean castigados los culpables de los crímenes por los que han perdido a sus seres queridos, miembros de sus propios cuerpos, o la calma, en una vida privada de libertad y dominada por el miedo constante. Sus derechos son los del inocente, los que una ley honesta y justa, que para eso se creó el derecho, debe proteger para la construcción de una sociedad mejor, que es, a fin de cuenta, el fundamento del derecho, de la política y de la acción cívica, que son elementos complementarios pero diferentes de esa misma sociedad.

 Mañana, una asociación cívica va a manifestarse con fines políticos que afectan al derecho. Es legítimo, incluso conveniente. La duda se alza cuando esa manifestación contraviene el orden de la participación ciudadana en la política. Si los partidos políticos democráticos, sean del signo que sean, se apresuran a declarar que “hay que respetar y acatar las resoluciones judiciales”, pero con la misma prisa sin que se vea ponen en funcionamiento su maquinaria de poder para legislar de manera que los jueces tengan las manos atadas para no llegar hasta ellos, a las asociaciones cívicas les queda el recurso de la protesta, del acudir de nuevo a los mismos tribunales que han cometido el fallo, en tan amplio sentido de la palabra.

 Lo que no pueden -ni deben- pretender las asociaciones cívicas, como AVT, es convertirse en plataformas políticas. La manifestación de mañana se produce en ausencia absoluta de actividad por parte de la organización terrorista, y ya no tienen sentido las manos blancas ni los lazos azules. Crespones negros pueden quedar sempiternamente prendidos en las banderas, porque el recuerdo de quienes han muerto a manos de los criminales es necesario que permanezca indeleble, pero tantas banderas, tantas pancartas, tantas proclamas, dan más aspecto de manifestación política que cívica. La AVT ha cometido el error de convertirse en un satélite de organizaciones políticas definidas, desde el PP hasta la misma ultraderecha. Cuando alguien rechaza la violencia de una parte y vitorea a quien la ejerce por otra, como se aplaudió al neofascista condenado por intento de homicidio Sáenz de Ynestrillas, pierde parte de esa legitimidad moral que puede llevar tras de sí a la opinión de quienes observan el problema desde al lado.

 Politizada en extremo, la AVT se ha encontrado cada vez más con el rechazo de una parte de la sociedad, más aún tras la declaración del “cese definitivo de la actividad armada” por parte de ETA, una victoria inapelable del Estado de Derecho, de la acción policial, judicial y legislativa. Las múltiples muestras de rechazo a ningún tipo de proceso reconciliatorio, constructivo, que consiga de una buena vez que el más de medio siglo de horror y penumbra que quedará indefectiblemente en la historia de Euskal Herría sea una época superada, demuestran por parte de las víctimas asociadas en esta organización un ánimo revanchista que no parece aceptar más derecho que el del talión. Ni olvido ni perdón, tienen toda la razón al proclamarlo, pero tampoco tiene mucho sentido, al menos con un pensamiento cristiano, ni utilidad práctica ninguna el ojo por ojo.


 Mañana, toda la ciudadanía que rechaza la violencia debe estar al lado de las víctimas, pero eso no significa, necesariamente, estar del lado de la revancha, del inmovilismo, de la postura política del “contra el terrorismo independentista, reforzar el centralismo” que esta Asociación defiende, ni mucho menos, alinearse en la postura absurda y sin posibilidad ninguna de éxito de ignorar las leyes y el ordenamiento jurídico. En pos de la justicia, los cientos de políticos que irán a ponerse tras la pancarta y ante el mogollón de banderas (que en otras circunstancias se vetan) lo que deben es de dejarse de repetir el mantra de la aceptación incondicional de las resoluciones judiciales, y arremangarse en su trabajo, que es legislar, y legislar no para la revancha, sino para realizar el mejor homenaje que se les puede hacer a las víctimas: evitar que nadie ya vaya a ser el siguiente.

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